Me preguntan si China es como la imaginé y la verdad es que no quise construir una imagen previa de un país tan difícil de desifrar a la distancia. Lo que sí puedo decir es que esta visita tocó una fibra profunda que aún sigo procesando.
Resulta difícil poner en palabras todo lo que sucede aquí: la información que llega de manera constante y las experiencias que te obligan a reflexionar sobre la sociedad, la tecnología, la alimentación, la pobreza, el consumo, la proyección de futuro, la comunicación, el empleo y tantos otros factores que formaron parte de esta experiencia.
La primera ciudad que visitamos fue Shenzhen, aquí nos esperaba Evelyn, nuestra traductora con tonada española. Recuerdo que lo primero que me dijo fue: “Vas a flipar con esta ciudad.” Ella había regresado hacía poco tiempo de estudiar español en Barcelona y le había costado muchísimo entender la nueva ciudad que encontró luego de su ausencia por cinco años. Ese comentario me inquietó bastante y lo entendí luego de visitar las empresas más importantes de esta capital tecnológica.



Shenzhen es una ciudad que parece estar viviendo en el futuro. Hace apenas unas décadas era un pequeño pueblo pesquero y hoy es una de las capitales tecnológicas más importantes del mundo. Aquí nacieron o tienen una fuerte presencia empresas como Huawei, Tencent, DJI y BYD.
Lo que más sorprende no son solo sus rascacielos o sus pantallas gigantes, sino la velocidad con la que la ciudad se transforma. Shenzhen transmite una sensación permanente de movimiento, innovación y ambición. Es una ciudad construida por migrantes llegados de toda China para estudiar, emprender o trabajar, y esa energía se percibe.



Tencent es una de las compañías tecnológicas más influyentes de China. La empresa trabaja en áreas que van desde redes sociales y pagos digitales hasta inteligencia artificial, videojuegos y computación en la nube.
Es impresionante cómo integran tecnología y vida cotidiana a gran escala en las aéreas de redes sociales ( son los creadores de WeChat, la aplicación más utilizada en China para mensajería, pagos, videollamadas, redes sociales y servicios cotidianos), pagos digitales hasta inteligencia artificial, videojuegos (es uno de los mayores productores e inversores de videojuegos del mundo), trabajan en IA aplicada a reconocimiento facial, traducción, asistentes virtuales, análisis de datos y automatización empresarial y computación en la nube.




BYD (build your dreams)
La historia de esta empresa me encantó. Durante la visita, lo que más me impactó fue la visión de su fundador, una mirada de largo plazo que, a mi entender, refleja una de las características más interesantes de China: la capacidad de pensar décadas hacia adelante.
Wang Chuanfu fundó BYD en 1995, comenzando con la fabricación de baterías recargables en un mercado que entonces estaba liderado por empresas extranjeras. Los primeros pasos de la compañía fueron modestos: unas oficinas alquiladas que hoy forman parte del museo de la empresa.
En la entrada se conserva un árbol plantado ese mismo año. Más de treinta años después, sigue en pie. Una inscripción cuenta cómo su crecimiento acompañó el de la empresa. A pesar de las dificultades, las crisis y los cambios, el árbol permaneció firme, sostenido por raíces profundas.
Es imposible no encontrar un paralelismo con la historia de BYD. Lo que comenzó como una pequeña fábrica de baterías terminó convirtiéndose en una de las empresas tecnológicas y de movilidad eléctrica más importantes del mundo. El árbol y la empresa parecen compartir el mismo mensaje: crecer lleva tiempo, requiere resiliencia y una visión capaz de mirar mucho más allá del presente.
Para garantizar su expansión internacional, la compañía desarrolló una flota propia de ocho buques capaces de transportar más de un millón de vehículos al año. El más grande de ellos, el BYD Shenzhen, puede trasladar 9.200 automóviles en un solo viaje. En una época en la que muchas empresas dependen de terceros para distribuir sus productos, BYD decidió construir su propia autopista sobre el mar. Esa decisión resume buena parte de la lógica china que observé durante el viaje: pensar en grande, planificar a largo plazo y controlar cada eslabón de la cadena de valor.




Huawei
Pero si hablamos de innovación, debo mencionar un lugar que puso en jaque cualquier intento de comprender la escala de lo que China está construyendo. Recorrí una ciudad dentro de otra: el campus de Huawei en Dongguan.
El parque tecnológico está inspirado en distintas ciudades europeas. Sus edificios, plazas y estaciones recrean estilos arquitectónicos de países como Francia, Alemania, Italia y Suiza. Para recorrerlo, los empleados utilizan un tranvía que conecta las distintas áreas del complejo.



Más que un centro de investigación o un parque tecnológico, parece una ciudad diseñada para imaginar el futuro. El campus alberga miles de investigadores, ingenieros y desarrolladores que trabajan en áreas como inteligencia artificial, telecomunicaciones, computación en la nube y redes de próxima generaciones.
Ese campus sintetiza la magnitud de la inversión china en innovación, conocimiento y desarrollo tecnológico. Pero, sobre todo, refleja una forma de pensar que encontré repetidamente durante este viaje: la capacidad de proyectarse no para los próximos años, sino para las próximas generaciones.



Hangzhou es una de las ciudades más innovadoras de China y sede de gigantes tecnológicos como Alibaba. Conocida como el “Silicon Valley chino”, concentra empresas de inteligencia artificial, software, robótica y economía digital.
La ciudad se ha consolidado como un importante laboratorio de innovación. Elegida por el gobierno como estratégica para impulsar la economía digital, muchas tecnologías que luego se expanden por China se prueban primero aquí.
Por eso abundan los centros donde empresas, universidades y organismos públicos colaboran en proyectos de inteligencia artificial, metaverso y automatización.



En China, el metaverso evoluciona de forma distinta a Occidente. Mientras en muchos países se asocia con videojuegos o redes sociales inmersivas, aquí se orienta a la economía real: integra inteligencia artificial, datos en tiempo real y simulaciones digitales para optimizar industrias, procesos y servicios públicos.
Debo confesar que, al llegar al centro de experiencias tecnológicas AI for CID, en el Distrito Central de Innovación, sentí una mezcla de fascinación y temor.
Fue allí donde empecé a cuestionarme cuánto poder estamos entregando a la tecnología y hasta dónde queremos delegar decisiones en las máquinas. ¿Quiero que una inteligencia artificial diseñe mi casa? ¿Que elija el color, el diseño y la textura de mi ropa? ¿Que seleccione las noticias que voy a consumir, sean verdaderas o no?




Hasta entonces me sentía abrumada por la cantidad de información, aplicaciones y funciones frente a mí. Entonces surgió una pregunta inevitable: ¿es realmente necesario? ¿Hasta qué punto estas tecnologías mejoran nuestra calidad de vida y cuándo empiezan a reemplazar aspectos que nos hacen profundamente humanos?
Quizás el mayor impacto de visitar lugares como este no sea la tecnología en sí, sino las preguntas que nos obliga a hacernos sobre el futuro que estamos construyendo.

